El Grand Prix de Mónaco 1930

La temporada oficial de1930 del Campeonato Mundial de Automovilismo se iniciaría en abril de ese año  con el Gran Premio de Mónaco en el circuito de Montecarlo. Era ésta la segunda versión de la carrera, ya que el estreno de la pista y fecha monegasca había sido el año anterior.

Inicia también entonces el piloto chileno Juan Zanelli su participación en dicha temporada internacional  en el legendario circuito callejero en ese segundo Grand Prix del Principado de Mónaco. Su nuevo Bugatti 35B azul luce el Nº 14, y tiene una particularidad que lo destaca, consagrando al diplomático chileno como el precursor mundial de algo que después se haría común: lucir la bandera nacional del piloto a los costados del coche de carreras. Este distintivo ya lo había estrenado Zanelli en julio del año anterior en el Gran Premio de España (Circuito de San Sebastián) donde concurrió con dos de sus Bugattis, pintados con los números 4 y 5 y los banderines de Chile en los costados de los capots de ambos. El chileno corrió en el N°4 y le cedió el N°5 a su amigo Giulio Foresti, famoso corredor italiano. Los dos autos fueron inscritos y participaron en dicho Grand Prix como Escudería Zanelli de Chile.

Ocurría entonces que, como es sabido, los autos llevaban los colores del país que representaban de acuerdo a lo regulado por las autoridades que regían el automovilismo internacional, a partir de las legendarias competencias creadas por el magnate de la prensa James Gordon Bennett a comienzos de siglo. Los colores oficiales serían luego establecidos por la A.I.A.C.R. (Association Internationale des Automobile Clubs Reconnus) a partir de 1927. Así, los alemanes lucían el blanco (que después pasaría a ser el gris plata, luego de que en una carrera la rasparan la pintura a un coche Mercedes de aluminio, para alivianarlo más), los británicos el verde, los franceses el azul, los italianos el rojo, los belgas el amarillo, los norteamericanos blanco y azul, los suizos rojo y blanco, etc.

Obviamente entonces, un piloto chileno en Europa estaba fuera de libreto y no tenía color representativo para su máquina, ya que tampoco lo tenía el país, lo que motivó a Zanelli (muy consciente además de su condición de diplomático representante de Chile) a mandar a pintar en los dos costados del capot de su Bugatti una bandera chilena, con la forma estilizada y triangular de un banderín. Este detalle llamó mucho la atención y fue objeto de comentarios y fotografías que lo destacaron. Nadie pensó, por cierto, que la iniciativa del chileno sería imitada posteriormente por muchos pilotos que pintaron su emblema nacional junto a su nombre, ni menos que se convertiría con los años en una costumbre vigente en los autos de competición hasta nuestros días.

El imponente escenario de Mónaco durante el Grand Prix de 1930

El reglamento de la carrera permitía los “superchargers” y no establecía límite de potencia de los motores. La carrera fue pactada a un total de 100 vueltas, al circuito original de Montecarlo que tenía un largo de 3.180 metros, exigiéndose a los monopostos un peso mínimo de 900 kilos. Cincuenta pilotos se inscribieron para participar en la competencia, sin embargo luego de la selección respectiva de acuerdo a sus antecedentes deportivos, las autoridades del Automóvil Club de Mónaco determinaron a los 23 privilegiados que podrían tomar parte en el Grand Prix. Sin embargo, esta cifra se vería aún más reducida luego de las primeras prácticas libres contra reloj. Se decide marginar al inglés Bobby Bowes porque se considera que su coche Fraser Nash es demasiado lento. Por su parte, el as alemán Rudolf Caracciola cuyo gigantesco Mercedes SSKL no logró buenos tiempos por su gran peso y tamaño, es también rechazado por las autoridades del Automóvil Club monegasco por estimarlo inseguro para los demás competidores.

Entre los pilotos que participan el sábado en las prácticas oficiales, bajo una torrencial lluvia, figura el legendario Enzo Ferrari, conduciendo un Alfa Romeo, quien lamentablemente debe retirarse por problemas mecánicos y no sería de la partida al día siguiente. El coche Talbot 700 del francés Emil Bourlier también sufre fallas mecánicas irreparables. Otras figuras importantes que no se presentaron, pese a estar inscritos, eran los ídolos italianos Tazio Nuvolari y Achile Varzi, quienes se especula prefirieron entrenar para la gran carrera de las Mil Millas Italianas que se efectuaría el fin de semana siguiente.

Los favoritos según los aprontes son los tres pilotos oficiales de la  Escudería Bugattti: Chiron, Williams y Bouriat, mientras que entre los privados los apostadores señalan a Dreyfus y al chileno Zanelli como los de mayores posibilidades.  En definitiva, concluida la sesión, los mejores tiempos por vuelta  los obtienen el inglés “Williams”, el monegasco Louis Chiron  y el francés René Dreyfus. Por primera (y última) vez se autorizaron las apuestas oficialmente en esta carrera, por lo que había casetas para tal efecto en todo el Principado. El favorito de los apostadores era Louis Chiron, héroe local y veloz piloto oficial Bugatti. El premio al ganador, además de los valiosos trofeos, era nada menos que la suma de 100.000 francos.

El domingo  6 de abril 1930, con buen tiempo y un marco cercano a los 100.000 espectadores, se da comienzo a las 13 horas al gran evento deportivo y social de Europa, con una grilla de partida formada de a tres autos en fondo.

“Williams”, como ganador del año anterior, ocupaba la posición de privilegio en la primera fila de la grilla de esa histórica segunda versión del Monaco Grand Prix. Curiosamente, y como clara muestra de los lazos entre el inglés y el chileno, el Bugatti 35 C que “Williams” conducía en esa ocasión (chassis Nº 4950) era de propiedad de su amigo Juan Zanelli, según consta en los archivos de la fábrica Bugatti (claramente se estilaba entre los gentlemen drivers  con muchos medios económicos tener más de un auto de carrera, para poder prestarle alguno a los amigos). Compartían también la primera fila, el Maserati 26B del italiano Baconin Borzacchini y el Bugatti 35 C del suizo Hans Stuber.

Mientras tanto, el millonario chileno Juan Zanelli en su nuevo bólido azul tipo 35 B con el N° 14 largaba en la segunda fila, al lado del ídolo local Louis Chiron y del francés Guy Bouriat.  En la tercera fila estaban los Bugattis de Marcel Lehoux, Goffredo Zehender y Michel Doré, mientras que en la cuarta quedaron René Dreyfus (Bugatti), Luigi Archangeli (Maserati 26B) y Phillippe Etancelin (Bugatti). En la quinta fila formaron los autos de Clemente Biondetti (Talbot), Hans Stuck (Austro Daimler) y el Conde Max d’Arco-Zinneberg (Mercedes). Cerraban el pelotón los Bugattis de Georges Bouriano y Ernst Burgaller.

Desde la bajada de la bandera hubo incidentes emocionantes y dramáticos. En la primera vuelta  el Conde Max d’Arco quien marchaba atrás del pelotón recibió piedras lanzadas por los coches que lo precedían, las que le rompieron los vidrios de las antiparras causándole heridas en el rostro. Por cierto que simultáneamente perdió el control de su Mercedes, y fue a estrellarse espectacularmente a la entrada del túnel. Fue la primera deserción por accidente.

A poco andar,  tomó la punta  de la carrera el Bugatti N° 18 de Chiron, seguido de “Williams” (28) y Bouriat (16), pero el inglés debió detenerse por problemas mecánicos a las siete vueltas, tomando el tercer lugar el Maserati de Borzacchini (34). Juan Zanelli marchaba cuarto a un ritmo veloz y consistente, disputando el chileno  ese lugar con Étancelin (24), seguidos de cerca por Dreyfus (22) y el suizo Hans Stuber (46). En la décima pasada por la meta el orden era Chiron, Bouriat, Borzacchini, Stuber, Zanelli y Dreyfus, en los seis primeros lugares.

Sin embargo, diez vueltas más tarde, Dreyfus y su Bugatti aparecían escalando lugares como una tromba y ya figuraba en el tercer lugar. Si bien era un piloto particular, el Bugatti de Dreyfus había sido meticulosamente preparado por la concesionaria de la fábrica en la ciudad de Niza, y el auto no sólo era rápido, sino que sus rivales se percataron tarde que además contaba con un estanque suplementario de gasolina que había sido montado en el asiento del copiloto, lo que le permitió hacer toda la carrera sin necesidad de reabastecerse. Esto era perfectamente lícito, ya que nada decía al respecto el reglamento de la carrera, pero a sus competidores simplemente no se les ocurrió la idea o algunos calcularon que con un estanque lleno les alcanzaría para toda la carrera.

En la mitad exacta de la disputada competencia (50 vueltas), las posiciones eran: 1º Chiron, 1h 50m 22s; 2º Dreyfus, 1h 52m 13; 3º Bouriat, 1h 53m 02s; 4º Zanelli, 1h 53m 38s; 5º Stuber, 1h 53m 44s, y 6º Étancelin, 1h 54m 25s.

Clemente Biondeti, el piloto italiano que conducía un Talbot 700, chocó en una mala maniobra y fue el segundo participante en abandonar por accidente, por suerte sin consecuencias graves para él, pero resultando muy dañado su auto.

En la vuelta 85, el inspirado Dreyfus tomó el liderato, y no lo soltaría más hasta el final, ante la impotencia del veloz campéon monegasco Chiron, quien debió detenerse en pits a cargar combustible y conformarse con el segundo lugar. Tercero llegó el otro Bugatti de la escudería oficial conducido por Bouriat. Por su parte, Zanelli condujo su Bugatti particular con su habitual pericia y temeridad,  manteniendo firme su cuarta posición prácticamente toda la carrera hasta casi el final del gran premio, cuando desgraciadamente el motor de su bólido sufrió un desperfecto y dijo “no va más”, al igual que los croupiers del Casino de Montecarlo frente al cual se detuvo frustrado. No obstante, por haberse detenido casi al final de la prueba, técnicamente el piloto chileno ocupó el 7º lugar en la clasificación general final del  Grand Prix. Los otros primeros lugares, tras Dreyfus y Chiron fueron para Bouriat, Zehender, Doré y Stuber, en ese mismo orden.


Louis Chiron terminó indignado por su inesperada derrota en su casa, molestia que dejó clara en el podio al ni siquiera dirigirle la palabra al vencedor Dreyfus, pese a la presencia del Príncipe Luis II y la familia real de Mónaco. Lo propio ocurrió con los apostadores, quienes provocaron ruidosos incidentes ya que pensaron que la carrera había sido “arreglada” para que ganara desde atrás Dreyfus, sin detenerse en los boxes. Fue tal el escándalo, que en el Principado se prohibieron para siempre las apuestas oficiales en este tipo de competencias. Terminó así con una gran polémica ese histórico segundo Gran Premio de Mónaco, el que tuvo entre sus famosos e internacionales protagonistas a un aguerrido y veloz piloto  que dejó más que bien puesto el nombre de Chile.

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